lunes, noviembre 30, 2009

Michael Faraday (capítulo III)



Debido a su credo, Faraday estaba convencido de que había una
presencia divina que lo llenaba todo. Estaba acostumbrado a que lo
ridiculizaran por tales creencias (en una ocasión se lamentó:
'Pertenezco a una secta muy pequeña y despreciada de los
cristianos'
). Pero la religión dominaba todos sus pensamientos, y
una vez, remando en un pequeño bote en Suiza, Faraday vió lo que
creyó que eran las pruebas de sus creencias; se trataba de un arco
iris ordinario en la base de una cascada, pero soplaba un fuerte
viento y sus ráfagas desplazaban el agua tan lejos que el arco
iris se desvaneció. Cada vez que el viento soplaba en otra
dirección, el arco iris reaparecía. Cuando eso sucedió, Faraday
pidió a los guías que le acompañaban que esperaran.

Faraday escribió; 'Permanecí inmóvil, mientras las rachas
y las nubes de vapor barrían [...] y se estrellaban contra
las rocas'
. Era como si el arco iris estuviera allí, a la
espera, aunque sólo pudiera verse a veces. Eso era lo que él
creía de la ciencia, incluso cuando el espacio parecía vacío,
había algo en él.

Ahora, mientras buscaba un nuevo vínculo entre corrientes
eléctricas e imanes, se centró en algo que los demás habían
pasado por alto; el aparente vacío entre los diferentes objetos de
su laboratorio.

Un truco común de los charlatanes de la época consistía en acercar
limaduras de hierro a un imán y observar cómo formaban curvas que
se alargaban de un extremo a otro del imán. Para Faraday eso no
era solamente un truco para divertir a los niños. ¿De dónde
provenían realmente esos arcos repentinos? Como el arco iris, eran
una señal de la matriz invisible que él buscaba. Tenía ya treinta
y nueve años, y en los muchos que Sir Humphry Davy lo había
mantenido al margen, no había logrado ningún
descubrimiento significativo. Quizá acertaban los que le
acusaban de no ser más que un pensador de segunda fila. Faraday
dejó de dar clases y comenzó a llegar cada vez más temprano a su
laboratorio. De vez en cuando, sus dos sobrinas iban a visitarlo,
pero sabían que durante la mayor parte del tiempo debían
mantenerse en silencio en una esquina, recortando fragmentos de
papel o jugando con sus muñecas mientras el tío Michael trabajaba.
Pasaban los meses, sus colegas se preguntaban qué sucedía, y
entonces, en un trabajo que llegó a su culminación en aquellas
apuradas semanas justo antes de su cuadragésimo cumpleaños, uno de
sus mejores y más viejos amigos, Richard Phillips, recibió una
escueta nota:

23 de Septiembre de 1831

Querido Phillips,

[...] ando ocupado, trabajando de nuevo sobre el
electromagnetismo, y creo que he conseguido algo notable, pero no
estoy seguro; puede que después de todo sea un alga y no un
pescado lo que acabe sacando a la superficie [...].


No era un alga, y al cabo de unos pocos días más de trabajo tenía
el resultado definitivo. En octubre lo presentó de una forma
enormemente sencilla: mantuvo simplemente un pequeño imán en una
mano y un cable enrollado en la otra. Acercó el imán al cable, por
el que comenzó a fluir una corriente eléctrica. Alejó el imán, y
la corriente se invirtió. Volvió a acercar el imán y de nuevo
volvió a fluir la corriente. Cada vez que acercaba el imán al
cable y lo alejaba creaba una corriente eléctrica.

Nadie había conseguido nada parecido hasta ese momento: ¡había
creado un campo de fuerza! El imán influía de algún modo sobre el
cable, pero eso no podía suceder si el espacio entre ellos estaba
vacío. Allí, en su frío laboratorio del sótano de la Royal
Institution, mientras los carruajes de caballos circulaban por
Londres, Faraday había mostrado que la electricidad no era
exactamente como un líquido que fluyera por un cable, sino que se
podía crear mediante una fuerza invisible que se extendiese desde
un imán en movimiento atravesando el espacio vacío.

Faraday había abierto la puerta a algo más importante de lo que
nadie podía imaginar. Si estaba en lo cierto, siempre que sus
sobrinas jugueteaban con un imán, estaban arrastrando también un
campo de fuerzas invisible que se extendía desde el metal de ese
imán en movimiento. Según las mejores estimaciones de Faraday, el
campo de fuerzas se extendía hasta el infinito. Si él y sus
sobrinas estaban dentro de un edificio, parte del campo de fuerzas
podría salir al exterior por una ventana abierta, o quizá incluso
a través de los muros, absolutamente invisible, y prolongarse
hasta la Luna o más allá.

Parecía algo muy extraño. Los experimentos realizados en el sótano
de Faraday sugerían que nuestro mundo está lleno de incontables e
invisibles campos de fuerza. Había cientos de buques en los
puertos de Londres y miles de carruajes en sus calles, y siempre
que se movía la brújula de cualquier marino o cochero se creaban
esos campos invisibles. Cuando Faraday miraba hacia la calle, el
cielo no estaba vacío, sino lleno de esas poderosas e invisibles
presencias.

En cierta ocasión había escrito: 'El libro de la naturaleza
está escrito por el dedo de Dios'.
Había mostrado que Dios era un
extravagante y alucinado Tiziano, que inundaba su universo de
vívidos resplandores no vistos hasta entonces.

En esa época disfrutaba de una buena posición en la Royal
Institution, y no había olvidado su pasado. La mayoría de sus
colegas ingleses creían que sólo era un hábil artesano. Conocían
su embarazosa falta de formación universitaria, y habían
constatado que no podía expresar sus ideas haciendo uso de las
matemáticas avanzadas que ellos empleaban con tanta facilidad.
Para casi todos ellos, sus teorías sobre campos de fuerza
invisibles parecían completamente infundadas, y por eso las
rechazaban cortésmente.

Faraday realizó otros descubrimientos; mantuvo
conversaciones con primeros ministros, y llegó a ser muy
respetado por sus conferencias populares. En determinado momento,
una joven brillante quedó fascinada por lo que los descubrimientos
eléctricos de Faraday podían sugerir para su propia investigación.
La joven era la hija de Lord Byron, Ada, condesa de Lovelace, y
había trabajado con Charles Babbage en las primeras nociones de lo
que ahora llamaríamos informática.

Criticado por la gran mayoría de los investigadores por sus ideas
sobre los campos de fuerzas, recurrió a Newton. Aunque éste había
mantenido, según decían, una opinión diferente a la suya sobre el
espacio vacío, quizá no era del todo cierto. Newton era el mayor
pensador que la ciencia había conocido nunca. La sola idea de
encontrar en sus escritos una indicación, por ligera que fuese, de
que Faraday podía tener razón era reconfortante.

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